Aidan Gannon tiene 24 años y unos 200 discos en su colección.
A principios de 2026 estaba recorriendo los estantes de Vidiots, un videoclub y cine de Los Ángeles, buscando qué llevarse a casa. Mientras él y otros jóvenes revisaban DVDs y Blu-rays, hablaban de películas, directores, ediciones y extras.
Vidiots acababa de tener el mejor mes de alquileres de toda su historia.
En enero llegó a rentar una media de 170 películas al día. Una jornada alcanzó las 500. Entre los títulos más solicitados estaban Wild at Heart, de David Lynch, y The Heartbreak Kid, de Elaine May.
No precisamente Fast & Furious 47.
Algo raro está ocurriendo con el cine en formato físico.
Durante más de una década dimos por sentado que el DVD estaba condenado a desaparecer. Netflix, Prime Video y el resto del streaming habían ganado. Los estantes desaparecieron de las salas, los reproductores terminaron guardados en armarios y tener cien películas en cajas empezó a parecer tan innecesario como guardar una guía telefónica.
Sin embargo, una parte de la Gen Z está haciendo algo que habría parecido absurdo hace diez años:
está construyendo su propia colección de películas.
Y para alguien que ama el cine, quizá eso no sea tan extraño.
Hubo una época en la que comprar una película era comprar un pequeño universo
Si solo recuerdas el DVD como “ese disco antes de Netflix”, te estás perdiendo la mejor parte.
En su mejor momento, el DVD no era simplemente una manera de ver una película.
Era una edición.
Había DVDs normales.
Ediciones especiales.
Ediciones de coleccionista.
Ediciones de dos discos.
Director’s Cut.
Unrated.
Extended Edition.
Anniversary Edition.
Steelbooks.
Cajas enormes que ocupaban tres veces más espacio del necesario porque alguien en el departamento de marketing había decidido que El Señor de los Anillos debía llegar a tu casa como si hubieras comprado un artefacto de la Tierra Media.
Y nosotros encantados.
La portada importaba. El diseño importaba. El folleto importaba. Incluso abrir la caja nueva tenía algo de ceremonia.
No comprabas simplemente acceso a una película.
Comprabas esa versión de esa película.
El menú del DVD era parte de la experiencia

Antes de darle a “Play” ocurría algo que hoy parece completamente innecesario:
la película te recibía.
Un buen menú podía utilizar música, animaciones, escenas, sonidos y diseños inspirados directamente en el mundo de la película.
Algunos eran elegantes.
Otros eran espectaculares.
Y algunos eran diseñados por alguien que claramente acababa de descubrir todas las posibilidades de un programa de animación y pensaba utilizarlas absolutamente todas.
Querías ver la película.
El DVD tenía otros planes.
Primero una puerta se abría.
Después aparecía un personaje.
Luego explotaba algo.
La cámara atravesaba un pasillo.
Finalmente aparecía:
REPRODUCIR PELÍCULA
Gracias, hermano. Llevamos aquí cuarenta segundos.
Pero había identidad.
Un disco de terror podía convertir el menú en una extensión inquietante de la película. Una comedia podía esconder bromas. Una película de ciencia ficción podía hacerte navegar como si estuvieras utilizando una computadora dentro de su propio universo.
Hoy seleccionamos una miniatura dentro de una aplicación.
Funciona muchísimo mejor.
Pero nadie ha dicho jamás:
“Dios mío, qué recuerdos aquel menú de Netflix de 2018.”
Y cuando terminaba la película… todavía no habías terminado
Esta es probablemente la parte que más extraño del formato físico.
Los extras.
Para quien realmente amaba el cine, el DVD podía convertirse en una segunda película sobre cómo hicieron la primera.
Terminabas los créditos y entrabas de nuevo al menú.
Ahora tocaba investigar.
Cómo rodaron aquella escena.
Por qué eliminaron otra.
Qué efecto era digital y cuál era práctico.
Cómo diseñaron al monstruo.
Qué actor estuvo a punto de conseguir el papel.
Qué cambió entre el guion y la película terminada.
Había documentales de producción que podían durar una hora.
Comentarios de audio con el director.
Comentarios con los actores.
Storyboards.
Pruebas de maquillaje.
Comparaciones de efectos visuales.
Finales alternativos.
Escenas eliminadas.
Ensayos.
Tomas falsas.
Galerías.
Trailers.
Y de repente descubrías que la película que duraba dos horas podía darte cuatro horas más de cine.
Para muchos de nosotros, aquello fue una pequeña escuela cinematográfica escondida dentro de una caja de plástico.
Aprendías qué hacía un director de fotografía sin proponértelo.
Veías a un editor explicar por qué había cortado una escena.
Descubrías que aquella toma que parecía sencilla había requerido tres días, 80 personas y probablemente algún productor perdiendo la voluntad de vivir.
El streaming hizo muchísimo más fácil ver películas.
Pero en el proceso, esta manera de estudiarlas dejó de formar parte de la experiencia normal.

Tu colección también era una autobiografía bastante indiscreta
Había algo más.
Entrabas a la casa de alguien y podías conocerlo un poco simplemente mirando su estantería.
Tarantino.
Kubrick.
The Matrix.
Todas las películas de Harry Potter.
Tres temporadas de Los Simpson.
Una colección sospechosamente grande de películas de terror.
Scarface todavía envuelta en plástico desde 2005.
Algún DVD que nadie admitía haber comprado.
Todo estaba ahí.
Tus películas favoritas ocupaban espacio físico en tu vida.
Y eso hacía que una colección terminara funcionando casi como una fotografía de tus gustos.
No necesitabas preguntarle a alguien qué cine le gustaba.
Mirabas la pared.
Ahora tenemos listas.
Favoritos.
Historial.
“Mi lista”.
“Seguir viendo”.
Todo eso funciona.
Pero es información dentro de una cuenta.
Una estantería es otra cosa.
Y el videoclub era una máquina de descubrir películas

También estaba el lugar donde muchas de esas colecciones comenzaban.
El videoclub.
Aquí tengo que defender algo que el algoritmo nunca podrá reproducir exactamente:
encontrar una película porque la caja se veía increíble.
No sabías quién era el director.
No habías visto un trailer.
No había un porcentaje diciéndote cuánto coincidía con tus gustos.
Había una portada.
Una sinopsis.
Quizá una frase exageradísima de algún crítico.
Y fe.

Una cantidad irresponsable de películas mediocres entraron en nuestras casas gracias a una buena portada.
Pero también descubrimos joyas así.
Entrabas buscando una cosa y salías con otra.
Pasabas por terror.
Comedia.
Acción.
Clásicos.
Cine extranjero.
Ese estante extraño del fondo donde vivían películas que parecían llevar ahí desde la administración Clinton.
Y si el empleado sabía de cine, mejor todavía.
Los buenos empleados de videoclub eran algoritmos con piernas y opiniones.
“Si te gustó esa, llévate esta.”
No porque una empresa hubiera calculado un patrón de comportamiento.
Porque el tipo la había visto.
Curiosamente, Netflix también empezó aquí
La compañía que terminaría simbolizando la muerte del videoclub comenzó enviando DVDs.
Netflix lanzó su sitio en abril de 1998, y su primer disco enviado fue Beetlejuice. No empezó a ofrecer streaming hasta 2007, nueve años después.
Y cuando llegó, entendimos inmediatamente el atractivo.
Claro que sí.
Una película sin salir de casa.
Sin conducir.
Sin horarios.
Sin devolver el disco.
Sin encontrarte con la temida copia que parecía haber sido utilizada como tabla de cortar.
Streaming era una idea fantástica.
Sigue siéndolo.
El problema no fue que funcionara mal.
El problema fue que funcionó tan bien que terminamos entregándole casi toda nuestra filmoteca.
La gran promesa era tenerlo todo
Durante un tiempo, parecía que estábamos llegando al paraíso del cinéfilo.
Miles de películas.
Un botón.
Play.
¿Por qué guardar cajas?
¿Por qué comprar reproductores?
¿Por qué dedicar una pared entera a algo que ahora podía existir dentro de una aplicación?
Perfecto.
Hasta que el “todo” empezó a dividirse.
Una película estaba en Netflix.
Otra en Max.
La secuela estaba en Prime Video.
Otra necesitaba alquiler.
Aquella que jurabas haber visto hace tres meses ya no aparecía.
Y entonces empezó uno de los nuevos rituales del cine doméstico:
buscar dónde demonios está la película.
Abres una aplicación.
No está.
Abres otra.
Tampoco.
Google.
Disponible con suscripción aquí.
Alquiler allá.
Compra digital en otro lugar.
A estas alturas ya podrías haber conducido al Blockbuster.
Si todavía existiera.
El cansancio por las suscripciones y la fragmentación de los catálogos aparece precisamente entre las razones que jóvenes compradores han dado para volver a los formatos físicos.
Hay películas que simplemente desaparecen
Este es el punto donde el coleccionista de cine empieza a ponerse pesado.
Y tiene razón.
El streaming es excelente para acceder.
No es lo mismo que conservar.
Los catálogos cambian.
Las licencias vencen.
Los acuerdos cambian.
Las plataformas reorganizan sus bibliotecas.
Un título puede estar disponible durante años y después simplemente no estarlo.
Para quien solo quiere ver algo esta noche, quizá no importa demasiado.
Para quien piensa que una película merece poder verse dentro de diez o veinte años, importa muchísimo.
Una copia física cambia esa relación.
No estás esperando que alguien continúe ofreciendo la película.
La tienes.
Ese concepto parece absurdamente básico.
Pero en 2026 vuelve a sentirse casi radical.
Mientras todos miraban el streaming, los cinéfilos nunca abandonaron el disco
El formato físico tampoco desapareció completamente.
Simplemente se volvió más especializado.
Criterion Collection siguió haciendo algo que los amantes del cine entienden perfectamente: tratar una película como una obra que merece restauración, contexto y una edición cuidada.
En 2026 Criterion continúa publicando nuevos DVDs, Blu-rays y discos 4K, incluyendo clásicos, cine internacional, restauraciones y ediciones aprobadas por directores.
Y ese mercado especializado está creciendo.
Criterion confirmó al Los Angeles Times que sus ventas estaban registrando aumentos interanuales significativos, y su presidente, Peter Becker, atribuyó parte de ese crecimiento al interés de consumidores jóvenes por los formatos físicos.
Esto explica algo importante.
El regreso no consiste únicamente en jóvenes comprando Shrek 2 por dos dólares en una tienda usada.
Aunque, para ser claros, apoyo completamente esa decisión financiera.
También existe una generación descubriendo ediciones cinematográficas serias.
Restauraciones.
4K.
Presentaciones cuidadas.
Ensayos.
Extras.
Versiones definitivas.
La película vuelve a ser algo que vale la pena conservar.
Y los números muestran que algo cambió
No estamos ante un nuevo 2004.
Eso sería falso.
El mercado físico sigue siendo pequeño comparado con streaming y las ventas generales de DVD, Blu-ray y 4K todavía bajaron en Estados Unidos durante 2025.
Pero la caída fue de alrededor del 9%, después de descensos superiores al 20% en 2023 y 2024.
Y dentro de ese mercado, el gasto en 4K Ultra HD aumentó un 12% en 2025.
Eso no significa que “el DVD derrotó al streaming”.
Significa algo más interesante:
el público que todavía quiere discos está encontrando nuevos miembros.
Y los videoclubes sobrevivientes están viendo ese movimiento directamente.
Vidiots pasó de prestar unos 22,000 discos cuando abrió su ubicación actual en 2023 a alrededor de 50,000 al año siguiente. Para 2025 estaba superando las mil películas alquiladas por semana. En enero de 2026 tuvo su mes récord.
Eso ya no es simplemente alguien desempolvando una colección vieja.
Hay gente nueva entrando por la puerta.
Lo divertido es que muchos ni siquiera están sintiendo nostalgia

Este es mi detalle favorito de toda la historia.
Cuando alguien de 40 años compra un DVD porque recuerda ir a Blockbuster, entendemos perfectamente lo que ocurre.
Nostalgia.
Pero cuando alguien de 20 empieza una colección, estamos viendo otra cosa.
No está intentando regresar a su infancia.
Está descubriendo una experiencia que prácticamente no formó parte de ella.
Para esa persona, ir a una tienda, recorrer películas, comprar una edición y ponerla en una estantería puede resultar nuevo.
Eso cambia completamente la historia.
Una generación convirtió los discos en basura tecnológica.
La siguiente los está viendo como objetos culturales.
No porque sean más avanzados.
Porque son físicos, permanentes y personales.
El La historia del DVD: el formato que cambió para siempre cómo veíamos películas siempre ha sido más que el botón de Play
Aquí es donde creo que el DVD todavía tiene algo que decir.
No porque sea superior en todo.
No lo es.
Streaming ganó la batalla de la comodidad de una manera aplastante.
Y gracias a esas plataformas podemos acceder a cantidades de cine que habrían sido difíciles de imaginar durante la época del videoclub.
Pero amar el cine nunca ha sido simplemente ver contenido.
Es perseguir una película durante años.
Descubrir un director.
Encontrar una edición rara.
Discutir cuál montaje es mejor.
Prestarle una película a alguien con la amenaza explícita de que más vale que te la devuelva.
Leer sobre cómo fue rodada.
Volver a verla.
Conservarla.
Construir una pequeña filmoteca aunque nadie más entienda por qué necesitas cuatro versiones distintas de la misma película.
Especialmente esa última.
Tu estantería nunca cambia el catálogo
Tal vez por eso el regreso del DVD y del Blu-ray resulta tan interesante.
No representa un rechazo absoluto al futuro.
Representa una corrección.
Podemos tener streaming.
Y también podemos decidir que ciertas películas merecen algo más permanente.
El estreno que quieres ver una vez puede vivir perfectamente en una aplicación.
La película que llevas veinte años viendo quizá merece un lugar en la estantería.
Y allí no necesita negociar un nuevo contrato.
No cambia de servicio.
No desaparece porque terminó una licencia.
No tienes que buscarla entre siete aplicaciones.
Está exactamente donde la dejaste.
Quizá por eso algunos jóvenes están volviendo a descubrir algo que para nosotros fue completamente normal:
una colección de películas no es simplemente almacenamiento.
Es una declaración de amor al cine.
Y cuando miras una estantería llena de discos, hay algo que ninguna página de “Mi lista” ha conseguido imitar todavía.
Puedes ver, de un solo vistazo, qué películas alguien decidió que valía la pena conservar.

Leave a Reply